He dicho que un millonario puede ser un buen socialista. Pero un socialista millonario es un fenómeno raro.


Julius Nyerere

Julius Nyerere (1922-1999), primer presidente tanzano tras la independencia, en 1961, también fue el creador del socialismo “Ujamaa”, término suajili que significa “familia” en un sentido amplio.

UJAMAA: BASE DEL SOCIALISMO AFRICANO

Este es un fragmento de un famoso discurso pronunciado por Nyerere en abril de 1962, cuando ya era presidente de Tanganica (actual Tanzania). El discurso se produjo en el marco de una Conferencia sobre el Socialismo Africano realizada en el colegio Kivukoni, en Dar Es Salam.

El socialismo -como la democracia- es una actitud mental. En una sociedad socialista es la actitud mental socialista, y no la rígida adhesión a una norma política uniforme, lo que se necesita para conseguir que las gentes cuiden unas del bienestar de otras.

El propósito de este trabajo es examinar esa actitud. No esta destinado a definir las instituciones que pueden ser necesarias para encararla en una sociedad moderna.

En el individuo, como en la sociedad, es una actitud mental lo que distingue al socialista del no socialista. No tiene nada que ver con la posesión a la no posesión de riqueza. Personas indigentes pueden ser capitalistas en potencia, explotadores de seres humanos prójimos suyos. Del mismo modo, puede ser socialista un millonario; puede dar valor a su riqueza sólo porque puede usarse en el servicio del prójimo. Pero el individuo que usa la riqueza con propósito de dominar a sus prójimos es un capitalista. ¡Y es tal el hombre, que lo hace siempre que puede!

He dicho que un millonario puede ser un buen socialista. Pero un socialista millonario es un fenómeno raro. Realmente, es una contradicción en los términos. La aparición de millonarios en una sociedad no es prueba de la opulencia de ésta; pueden producirse en países muy pobres, como Tanganica, lo mismo que en países ricos, como los Estados Unidos de América. Porque no es la eficacia de la producción, ni la cantidad de riqueza de un país, lo que forma millonarios; es la distribución desigual de lo que se produce. La diferencia fundamental entre una sociedad socialista y una sociedad capitalista no está en los métodos de producir riquezas, sino en el modo en que ésta se distribuye. Por lo tanto, aunque un millonario podría ser un buen socialista, difícilmente puede ser producto de una sociedad socialista.

Como la aparición de millonarios en una sociedad no depende de la opulencia de ésta, los sociólogos deben hallar interesante averiguar por qué nuestras sociedades de África no producen, realmente, millonarios, pues indudablemente tenemos riqueza bastante para producir algunos. Creo que los sociólogos descubrirían que es porque la organización de la sociedad africana tradicional -su distribución de la riqueza que produce- es de tal naturaleza, que difícilmente hay espacio alguno para el parasitismo. También pueden ver, naturalmente, que a consecuencia de eso África no podía producir una clase ociosa de terratenientes y, por lo tanto, no habría nadie que produjese las obras de arte o de ciencia de que pueden vanagloriarse las sociedades capitalistas. Pero las obras de arte y los descubrimientos científicos son productos del intelecto, que, como la tierra, es uno de los dones de Dios al hombre. Y yo no puedo creer que Dios sea tan descuidado que haya hecho que el uso de uno de sus dones dependa del abuso del otro.

Los defensores del capitalismo alegan que la riqueza del millonario es la justa remuneración de su talento o su actividad. Pero ese alegato no tiene el apoyo de los hechos. La riqueza del millonario no depende de la actividad o los talentos del millonario mismo más de lo que el poder de un monarca feudal depende de sus propios esfuerzos, iniciativa o cerebro. Los dos son usuarios, explotadores, de las capacidades y la actividad de otros individuos. Aun cuando haya un millonario excepcionalmente inteligente y trabajador, la diferencia entre su inteligencia, su iniciativa y su laboriosidad y las de otros individuos de la sociedad posiblemente no pueda ser proporcional a la diferencia entre sus “remuneraciones”. Tiene que haber algo que va mal en una sociedad en que un individuo, por trabajador o inteligente que sea, pueda adquirir una “remuneración” tan grande como la de mil de sus prójimos juntos.

La adquisividad con el propósito de adquirir poder y prestigio es antisocialista. En una sociedad adquisitiva la riqueza tiende a corromper a los que la poseen, tiende a producir en ellos el deseo de vivir más confortablemente que sus prójimos, de vestir y mejor y de aventajarlos de todas las maneras. Empiezan a creer que deben trepar cuanto puedan por encima de sus vecinos. El contraste visible entre sus comodidades y las incomodidades relativas del resto de la sociedad llega a ser casi esencial para el goce de su riqueza, y esto inicia la espiral de la competencia entre individuos, que entonces es antisocial.

Aparte de los efectos antisociales de la acumulación de riqueza personal, el deseo mismo de acumularla debe interpretarse como un voto de desconfianza al sistema social. Porque cuando una sociedad está organizada de manera que se cuida de sus individuos, nadie de aquella sociedad se preocupará de lo que será de él mañana si no acumula riqueza hoy. La sociedad misma se cuidará de él, o de su viuda, o de sus huérfanos. Esto es exactamente lo que la sociedad africana tradicional hacía con éxito. Tanto el individuo “rico” como el “pobre” estaban completamente seguros en la sociedad africana. Una catástrofe natural traía el hambre, pero traía el hambre para todos, “pobres” o “ricos”. Nadie perecía por falta de comida o de dignidad humana porque careciese de riqueza personal; podía confiar en la riqueza que poseía la comunidad de que era miembro. Eso era socialismo. Eso es socialismo. No puede haber socialismo adquisitivo, porque eso sería otra contradicción en los términos. El socialismo es esencialmente distributivo. Su incumbencia es procurar que quienes siembran recojan una parte justa de lo que siembran.

La producción de riqueza, ya sea por métodos primitivos o modernos, requiere tres cosas. Ante todo, tierra. Dios nos ha dado la tierra, y es de la tierra de donde sacamos las materias primas que transformamos para satisfacer nuestras necesidades. En segundo lugar, instrumentos. Hemos aprendido por pura experiencia que los instrumentos ayudan. En consecuencia, hacemos la azada, el hacha, la fábrica moderna o el tractor, para ayudarnos a producir riqueza, los bienes que necesitamos. Y en tercer lugar, esfuerzo o trabajo. No necesitamos leer a Carlos Marx ni a Adam Smith para saber que ni la tierra ni la azada producen realmente riqueza.

Y no necesitamos graduarnos en economía para saber que ni el trabajador ni el terrateniente producen tierra. La tierra es un don de Dios al hombre, y está ahí siempre. Pero sabemos, aun sin habernos graduado en economía, que el hacha y el arado fueron producidos por el trabajador. Algunos de nuestros amigos más complicados tienen que recibir, manifiestamente, la preparación intelectual más rigurosa simplemente para descubrir que las hachas de piedra fueron producidas por el antiguo caballero llamado “Hombre Primitivo” para hacerse más fácil desollar el antílope que acababa de matar con una maza, que también él se había hecho.

En la sociedad africana tradicional todos eran trabajadores. No había otra manera de ganar la vida para la comunidad. Hasta los ancianos, que parecían divertirse sin hacer nada y para quienes parecían trabajar todos, en realidad habían trabajado intensamente durante toda su juventud. La riqueza que parecían poseer ahora no era suya personalmente; sólo era suya en cuanto ancianos del grupo que la había producido. Eran sus guardianes. La riqueza en sí misma no les daba poder ni prestigio. El respeto que les tenían los jóvenes era suyo porque, eran más ancianos que ellos y habían servido a la comunidad durante más tiempo; y el anciano “pobre” gozaba en nuestra sociedad de tanto respeto como el anciano “rico”.

Cuando digo que en la sociedad africana tradicional todo el mundo era un trabajador, no empleo la palabra “trabajador” simplemente como opuesta a “patrono”, sino también como opuesta a “holgazán” u “ocioso”. Una de las manifestaciones más socialistas de nuestra sociedad era el sentido de seguridad que daba a sus individuos, y la hospitalidad universal en que podían confiar. Pero hoy día se olvida con demasiada frecuencia que la base de esa gran realización socialista era ésta: que se daba por sabido que todo individuo de la sociedad -salvo los niños y los enfermos únicamente- aportaba su justa parte de esfuerzo a la producción de la riqueza de aquélla. No sólo eran desconocidos el capitalista, o el explotador hacendado, en la sociedad africana tradicional, sino que tampoco teníamos esas otras formas de parásitos modernos: el holgazán u ocioso, que admite la hospitalidad de la sociedad como un “derecho” suyo, pero no da nada en cambio. Era imposible la explotación capitalista. La holganza era una ignominia incomprensible.

Aquellos de los nuestros que hablan del modo africano de vida y se enorgullecen, con toda razón, de conservar la tradición de hospitalidad que es parte tan importante de ella, quizás harían bien en recordar el dicho swahili: Mgeni siku mbili; siku ya tatu mpe jembe, o en español: “Trata a tu huésped durante dos días; al tercer día dale una azada”. De hecho, es probable que el huésped pidiera la azada aun antes de que se la diese su anfitrión, pues sabía lo que se esperaba de él y se avergonzaría de permanecer ocioso durante más tiempo. Así, el trabajo era parte integrante, en realidad era la base misma y la justificación, de ese logro socialista de que tan justamente nos sentimos orgullosos.

No hay socialismo sin trabajo. Una sociedad que no da a sus individuos los medios para trabajar, o que, habiéndoles dado los medios para trabajar, les impide compartir una parte justa del producto de su sudor y sus fatigas, necesita ser corregida. Análogamente, un individuo que puede trabajar -y que es provisto por la sociedad de los medios para trabajar- pero no lo hace, es igualmente injusto. No tiene derecho a esperar nada de la sociedad porque en nada contribuye a ella.

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